sábado, 17 de septiembre de 2011

Pez

- Es lo que tiene tener memoria de pez... que cada tres minutos te enamoras perdidamente de una persona diferente.

- ¿Y qué pasa con la persona de hace seis minutos?

- Deja de existir.

- ¿Para siempre?

- Bueno... puede que vuelva a enamorarme de esa persona... Pero en todo caso eso no duraría más de tres minutos otra vez...

- Sólo tres minutos... es triste...

- ¿Triste? ¡Es horrible! ¡Es lo peor que te puede pasar en la vida!

- No, lo peor que te puede pasar en la vida... es enamorarte perdidamente de una persona con memoria de pez.



Milo

martes, 23 de agosto de 2011

Contradigámonos

Improvisemos la rutina. Recordemos el olvido. Terminemos con lo eterno. Despertémonos de la realidad. Escuchemos el silencio. Hablemos de tabúes. Luchemos contra la guerra. Amemos a nuestra mente, pensemos en nuestro corazón. Perdamos lo que buscamos. Normalicemos lo extraño. Lancémonos al miedo.
Y, aunque la soledad nos acompañe y la verdad nos engañe… ¡contradigámonos!

Quizá así consigamos lo imposible. Quizá así encontremos la absurda coherencia que nos falta. Quizá así, y sólo así, la inflexibilidad establecida cambie.

jueves, 11 de agosto de 2011

El romanticismo no ha muerto.

Vivimos en una sociedad en la que, por desgracia, ya no está de moda el romanticismo. Vamos por ahí ocultando siempre nuestros sentimientos, negando lo que por dentro nos quema, contradiciendo nuestro interior con nuestros actos, viviendo con cabeza y olvidando el corazón. Y es que llevamos tanto tiempo luchando contra nuestra parte romántica que hemos conseguido ocultarla por completo. ¿Dónde están esas largas cartas de amor escritas a mano y sin firma? ¿Dónde están aquellos billetes de tren para dos comprados impulsivamente? ¿Dónde están aquellas valiosas puestas de sol llenas de abrazos y brindis? ¿Dónde están esos “te quiero” que se escapan de los labios en momentos y lugares inesperados? ¿Dónde están los románticos? Aquellos que viven ardiendo, aquellos que luchan por lo que sienten, aquellos valientes que cometen locuras, aquellos con más corazón que cabeza… ¿dónde están?

No están. Se fueron. Se han dejado llevar por la fuerte corriente de esta sociedad, por la evolución. Porque los sentimientos asustan. Porque sentir es arriesgado y, a veces, duele. Por eso preferimos no sentir y vivir en un mundo sin miradas, sin sonrisas, sin lágrimas, sin piel de gallina… Y es que un sentimiento es más peligroso que un arma. Y vivir sintiendo al máximo es como vivir bailando en el borde de un alto precipicio. Y asusta. Asusta mucho.

Pero, ¿qué pasará si esto sigue creciendo? ¿Dejaremos de sentir? ¿Nos perderemos todo aquello que nos hace humanos? ¿Dejaremos de disfrutar con una sonrisa, con el tacto de la piel o con un abrazo? ¿Dejaremos de amar, de llorar o de odiar? ¿Qué será la vida, entonces? ¿Qué seremos nosotros?

Nada.

Por eso me niego a dejar de bailar en el borde de este precipicio. Y si caigo, sentiré el viento chocar contra mi cara, y disfrutaré. Aunque todo ello me suponga vivir en contra de una sociedad fría, insensible, lucharé contra todo muro que se imponga a mis sentimientos, romperé los barrotes de esta cárcel donde la gente se acomoda, hablaré de lo que siento en cada momento, sonreiré, amaré, y lloraré si mis ojos lo piden… viviré sintiendo. Siempre.

Porque quizá el romanticismo no está de moda, pero aun sigue vivo en unos pocos que siguen luchando con los sentimientos en la palma de la mano. Y no morirá mientras haya alguien capaz de levantar la mirada, apretar el puño y decir “te quiero”, mientras haya alguien cometiendo locuras, comprando billetes de tren para dos, escribiendo cartas de amor, valorando las puestas de sol… El romanticismo no ha muerto. Y no morirá mientras alguien siga bailando allí arriba, en el borde de algún precipicio.

viernes, 15 de julio de 2011

martes, 5 de julio de 2011

Siempre mar

Hay tantos y tantos mares... Unos nos apresan, otros nos hacen sentir libres, otros nos acogen, o nos hacen perdernos... y encontrarnos. Nos llevan y nos traen, nos unen, nos hacen viajar, pensar, soñar... Siempre mares.

Y hoy cumplo un año más. Abandono un mar. Descubro otros mil. Me baño en ellos, me empapo, me pierdo... me pierdo y sin embargo no paro de encontrar. Encuentro lindas caracolas que brillan, encuentro tesoros de piratas perdidos, encuentro deseos, deseos viejos cumplidos y deseos nuevos por cumplir. Y encuentro amigos. Llamémosles así: amigos. No muchos, los justos, pero amigos de verdad. Y los amigos traen siempre sonrisas. Mares de sonrisas y risas. Me alimentan. Me hacen crecer, cumplir un año más.

Y mi corazón crece conmigo. Crece y nada en estos mares. Mares que lo agitan, lo zarandean, lo revuelven. Mares de furia, pasión, ilusión, distancia, amor. Y mi corazón ama a estos mares, mi corazón se desborda, explota, se desgarra. Mares de terror y de amor. Mares compartidos, divididos. Mares y revolución. Mares y corazón. Siempre mares.

Y a veces de mis ojos salen lágrimas. Lágrimas que crean ríos que acaban en los mares. Mares en los que encuentro penas. Llamémosles así: penas. Penas que me atacan, me agotan, me deshacen... y sin embargo me hacen. Me hacen por dentro. Me hacen crecer y ganar. Tan sólo con llorar... siempre a mares.

Y hoy, al cumplir un año más, soy un mar. Un mar de risas y sonrisas. Un mar de lágrimas. Un mar de amor y corazón. Un mar de revolución. Un mar que acoge y une. Un mar que hace viajar y soñar. Soy un mar... un inmenso mar de posibilidades realizadas o idealizadas que me han llevado a ser como soy, que me han llevado a encontrar penas... y amigos... que me han llevado a cumplir un año más. Hoy. Siendo más Itsaso que nunca. Itsaso... siempre mar.

martes, 21 de junio de 2011

Señor Reloj



Señor Reloj, 

Siento comunicarle que, de ahora en adelante, debo prescindir de sus servicios. Sí, lo sé, ha sido usted de gran ayuda durante todo este tiempo y no se merece este desprecio repentino. Ha estado siempre que lo he necesitado, marcando el paso del tiempo, recordándome que la vida se me escapa, haciendo sonar y resonar su “tic-tac” sin descanso... ¡Y nunca me ha fallado! Usted siempre tan puntual… Por eso siento tanto tener que despedirle.

Pero, verá… las cosas han cambiado. Resulta que he probado la vida sin usted y me resulta mucho más satisfactoria. Ahora puedo dormir hasta tarde sin preocuparme de sus gritos cada mañana, puedo escuchar una misma canción tres veces seguidas cantándola des del principio hasta el final sin sentir que estoy perdiendo el tiempo, puedo salir a la calle y no volver a casa hasta que mi cuerpo me lo pida, puedo desayunar al mediodía y cenar de madrugada, puedo mirar a alguien a los ojos y sentir de veras que el tiempo se para… puedo disfrutar uno a uno los minutos sin necesidad de ser consciente de que se me escapan.

Ya no voy corriendo de aquí para allí mientras miro como sus agujas se adelantan burlándose de mí. Ya no le busco con la mirada deseando encontrarme con su mejor cara. Ya no pregunto por usted. Ni siquiera le miro por las noches.
Y ya no tengo miedo de llegar tarde, porque nunca es tarde si usted no está. Ya no siento ganas de mover sus rígidas agujas, porque ya no dependo de ellas. Hago lo que quiero cuando quiero. No le necesito. Ni a usted, ni a sus agujas, ni a su perfecta exactitud.

Aun así, le agradezco los servicios prestados y espero de veras que no me guarde rencor alguno. Por supuesto recibirá usted mi mejor recomendación para todo aquél que desee atormentarse con el sonido de los pasos del tiempo, para todo aquél que no sepa disfrutar sin contar los segundos de los minutos de los momentos, para todo aquél que crea tener todo bajo control y no se de cuenta que realmente no hay nada que controle al tiempo y a su velocidad… Porque el paso del tiempo es incontrolable, señor Reloj, y por mucho que lo cuente, lo siga y lo predique, nunca dejará de serlo.

Hasta nunca,

Itsaso de Verano


viernes, 3 de junio de 2011

¿Qué pasa?



- ¿Qué pasa?
- Nada. ¿Qué pasa? ¿Por qué preguntas qué pasa?
- No sé… ¡por algo te lo he preguntado!
- Pero si preguntas qué pasa, es porque crees que pasa algo cuando, en realidad, no pasa nada… ¡Así que a la que realmente le pasa algo es a ti! ¡¿Qué pasa?!
- ¡Nada! Tan sólo preguntaba qué pasa, ¡¿qué pasa?! ¿No puedo preguntar qué pasa?
- Sí, pero entiéndeme... es raro que preguntes qué pasa cuando no pasa nada.
- ¿Qué pasa si pregunto qué pasa? ¡No pasa nada!
- Bueno…
- Dejémoslo.


- Beth.
- ¿Qué?
- ¿Qué nos pasa?
- No lo sé.